sábado, 2 de marzo de 2013

Vacía como el corazón del rico.


Vacío, frío, abandonado, desaliñado, martirizado, dañado, gastado, rasgado, olvidado, ahí tirado frente a la mirada desesperanzada de ella, sin él. Vivir sin tener corazón es como ser pero sin a haber sido, ser nada al haberlo perdido todo, todo lo que habían construido, año tras año, ella y él.

No pensaba que el recuerdo dolería tanto o incluso más que la pérdida, pero parece ser que cada día lo veía más cierto. Allí estaba ella, sin él, otro día más: húmedo, solitario, taciturno; con un café en la mesa y dos sillas, a la espera de que alguien le hiciera compañía mientras los cristales de las ventanas se empañan como respuesta al frío gélido de Madrid, gélido por la pérdida, gélido por haberle perdido a él. 

Camino largo, no por ello fácil. De mano de la soledad, gran amiga aunque de esas que te apuñala por la espalda: cuando el calor del hogar y el ensimismamiento en los sueños te hace olvidar que ahí sigue la silla vacía, esta te recuerda que siempre seguirá así, y que el que normalmente solía ocuparla, ya no está, y lo que es peor, que puede que nunca más vuelva.

Tan solo queda derramar el dolor con eso que comúnmente conocemos como lágrimas, aunque en                                    ocasiones, no tengamos de repuesto….