Vacío, frío, abandonado, desaliñado, martirizado, dañado,
gastado, rasgado, olvidado, ahí tirado frente a la mirada desesperanzada de
ella, sin él. Vivir sin tener corazón es como ser pero sin a haber sido, ser
nada al haberlo perdido todo, todo lo que habían construido, año tras año, ella
y él.
No pensaba que el recuerdo dolería tanto o incluso más que
la pérdida, pero parece ser que cada día lo veía más cierto. Allí estaba ella,
sin él, otro día más: húmedo, solitario, taciturno; con un café en la mesa y
dos sillas, a la espera de que alguien le hiciera compañía mientras los
cristales de las ventanas se empañan como respuesta al frío gélido de Madrid,
gélido por la pérdida, gélido por haberle perdido a él.
Camino largo, no por ello fácil. De mano de la soledad, gran
amiga aunque de esas que te apuñala por la espalda: cuando el calor del hogar y
el ensimismamiento en los sueños te hace olvidar que ahí sigue la silla vacía,
esta te recuerda que siempre seguirá así, y que el que normalmente solía
ocuparla, ya no está, y lo que es peor, que puede que nunca más vuelva.
Tan solo queda derramar el dolor con eso que comúnmente
conocemos como lágrimas, aunque en ocasiones, no tengamos de repuesto….


